Hormigas en mi casa

Ilustración, narración y edición por Gabriela García Landa

Antes de mi llegada ellas ya vivían detrás de la pared. Se refugiaban en la frescura del pálido mosaico. Solo Dios sabe de qué se alimentaban y porqué escogieron aquel húmedo rincón. Inicialmente se hallaban desoladas, hasta que un buen día para la colonia, nos mudamos Bestia y yo. Llegamos cargando maletas llenas de literatura, un par de insípidos adornos y el, no muy generoso, mandado de la semana.

Desde el primer crepúsculo cedí a la tarea de cocinar una buena cena, con la intención de calentar aquella fría guarida y hacerla un poco menos cueva y un poco más hogar. Aparentemente tuve éxito, pues las pequeñas trabajadoras no demoraron en emerger del agujero del muro de la ducha para habitar aquello que yo intentaba volver mi casa.

Pensé que eran inofensivas. Observé como sus cuerpecitos se desplazaban por la cerámica blanca, brotando de la nada como salpullido de sarampión en una piel joven y transparente. Iban ordenadamente en una fila india, hasta llegar al alimento de Bestia… a quien no pareció importarle compartir un poco de su abundante condumio. Imaginé que cortando su fuente de consumo sería suficiente. Así que cerré la bolsa de comida con un nudo apretado, imposible de penetrar y me olvidé de ellas. Poco a poco se alejaron del sitio que, a mi ingenuo parecer, había logrado proteger. ¡Victoria! Dije para mis adentros.

Claro que estaba equivocada. Aquellos laboriosos insectos habían elaborado una nueva estrategia de invasión. Comenzó la guerra. Al día siguiente el bote de azúcar se había coloreado completamente de rojo carmín. La tropa había logrado pasar desapercibida, atravesar el pasillo y apoderarse de la dulzura de aquel lar. Tire el frasco y -una vez más- me olvidé de ellas. Rápidamente abortaron la misión. Regresaron como soldados resignados a su escondite. Pero antes de incorporarse en su trinchera formaron un pelotón en el que, comunicándose mediante señales indescifrables, planearon el ataque final. En esta ocasión fui capaz de predecirlo.

Después de haberme rehusado a hacerles daño, tome la decisión de entrar en acción y como si me hubieran adivinado el pensamiento comenzaron a jugar sucio. Tapizaron los platos mugrientos del almuerzo y cuando me dispuse a limpiarlos me treparon por el cuerpo en un instante. Eran demasiadas. Dominada por el asco, la comezón y la sorpresa comencé a gritar. Bestia ladraba y tras haber fallado en su intento por devorar al enemigo se rascaba la nariz de forma impaciente. Me quité la ropa en un parpadear, me enjuagué todo el cuerpo y nuevamente vestida, con un atuendo diferente, salí a la calle, enfurecida y asustada, a buscar un antídoto para poner fin a la abominable situación.

Afortunadamente Bestia me acompañó. Cuando regresamos, la casa no estaba ahí. Había sido devorada…remplazada por una mancha sangrienta cuyo movimiento parecía un burbujear originario del infierno.

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