El encuentro

Narración por Luis Ángel Gutiérrez Rodriguez, edición por Rogelio Flores e ilustración por Gabriela García Landa

Eran las siete de la tarde y debía viajar cinco horas para ver a mi familia, a quienes visito una vez cada dos meses. Compré mi boleto, tomé mis cosas y pasé por el filtro de seguridad. Guardé mi equipaje y abordé el autobús. Saludé al chofer, me dirigí a mi asiento. Al entrar me encontré con Don Felipe, un señor de unos 50 años que me recordaba a Santa Claus; robusto, de cabellera blanca y bigote. Vivía cerca de mi casa y por las mañanas lo encontraba barriendo su banqueta. Lo saludé también, y él correspondió con un movimiento de su cabeza y una sonrisa. 

Al avanzar por el pasillo, mientras buscaba mi asiento, no puede evitar fijarme en un hombre que me observaba fijo, como si me conociera o en algún momento hubiésemos hablado. Su mirada me causó miedo e inseguridad, por lo que mejor decidí ignorarlo y sentarme. Me puse los audífonos para escuchar un poco de música. Sólo eran cinco horas de viaje, ¿qué me preocupaba?, probablemente nunca más lo volvería a ver.  

Cuando viajo me gusta mirar por la ventana, ver cómo se aleja la ciudad, para luego apreciar las pequeñas luces de los pueblos alumbrando la penumbra en sus calles. 

Me dormí y soñé algo extraño. 

Estaba en una habitación desconocida, alumbrada por un foco incandescente. Apenas podía ver, sin embargo, lograba escuchar bien: un eco que repetía mis pisadas. Parecía el sótano de una casa abandonada y muy grande. No había nada, solo castillos que soportaban el peso de la edificación, pintados con algunos grafitis. Se veía en pésimas condiciones, como si en cualquier momento se fuera a caer, comenzando por el techo. Había algunos charcos de agua sucia en el suelo, donde con dificultad podía verme reflejado. Además de mis pasos, logré escuchar una respiración, y después el sonido de la fricción de dos metales. Caminé y logré notar una sombra. Me acerqué un poco a dónde provenía ese sonido y pude ver lo que estaba detrás de aquella sombra. Era el mismo hombre del autobús, aquel que me causó aquella intranquilidad al abordar. Estaba sentado, en una silla de madera, afilando un hacha.

El hombre era moreno, con cejas pobladas y sin ningún rastro de barba, parecía que estaba quedándose calvo. Vestía una camiseta color blanco y una chaqueta negra entreabierta con las mangas dobladas hasta el codo, pantalón de mezclilla y botas de trabajo. En el antebrazo tenía un tatuaje que decía “eativ”, junto a una sucesión de la vida de un ave, comenzando con un huevo y terminando en su esqueleto. El hombre se paró de su silla, así que di la vuelta y corrí hacia una puerta que se cerró frente a mí y vi a este tipo se acercaba cada vez más, la jalé hasta que esta abrió y después…

Me desperté de aquel horrible sueño, miré hacia atrás para ver si aquel hombre seguía ahí. Y sí, ahí estaba, sentado en su asiento, subiéndose la cremallera de su chaqueta. No pude evitar pensar si el sueño tenía alguna relación con una experiencia pasada y lo conocía o solamente mi mente me hacia una mala jugada.

El viaje transitó con normalidad, aunque no todos tuvieron la misma suerte. Luces rojas de sirenas deslumbraron mis ojos, miré por la ventana y había un gran tumulto de gente junto a un tráiler desecho de la parte del frente, me empezó a dar mala espina todo. 

A las 12:00 am llegué a mi ciudad, bajé del autobús y salí de la terminal. El extraño hombre parecía ir en la misma dirección, sujeté mi maleta y corrí lo más rápido que pude. Por fin llegué a mi casa y para mi mala suerte no había nadie. Tuve que brincar por la barda para poder entrar. Lo bueno fue que mi perro me reconoció, él era el único que me esperaba. 

Después de un rato dieron las dos de la mañana y mis padres aún no llegaban así que decidí ir a dormir. Me recosté y cerré los ojos para dormirme, pero los abrí y seguía en el autobús. Todo pareció tan real, el tiempo, las sensaciones, hasta el poder ver a mi perro. Me asusté, comencé a respirar con mucha rapidez y a sudar, miré hacia el frente y solo pude ver las luces de un camión.

Escuche un estruendo, vidrios romperse y la lámina del autobús doblarse como una lata, con un sonido que me puso los nervios al máximo. Todo pasó tan lento, solo sentí un golpe en el asiento del frente y un líquido caliente chorrear de mi nariz. Miré a mi alrededor y el hombre que apareció en mi sueño, ni se inmuto, no tenía ningún daño. Los otros pasajeros contando a Don Felipe no tenían movimiento alguno. 

El hombre extraño se paró de su asiento y de una maleta sacó un hacha, que era imposible que pudiera caber en ella. Se acercó al conductor y se escuchó el filo cortando el aire. Luego hizo lo mismo con los pasajeros que parecían estar agonizando.Comenzó con los del frente y yo era de los últimos, se empezaba a dirigir lentamente contra mí. Intenté escapar, pero mis piernas estaban atrapadas entre los asientos, hice todo lo que pude hasta que logré soltarme, pero por error me corté la pierna, agarré el martillo de emergencia del autobús para romper el vidrio y poder salir, cojeando y con mi último aliento, conseguí romper el vidrio y salir de un salto del autobús. 

Me deslicé por la orilla de la carretera hasta llegar a un pastizal. Desde ahí pude ver lo que había ocurrido. El autobús acababa de impactarse contra un tráiler. Estaba aterrorizado, no sabía quién seguía con vida hasta que vi que alguien bajo del autobús. Un hombre que cayó al suelo y empezó a gatear. Era Don Felipe, con su rostro lastimado y sus ojos llenos de lágrimas, no podía verlo así, debía ayudarlo, pero atrás de él salió otra persona, el sujeto del hacha que solo veía arrastrarse a don Felipe como si esperara algo.

Don Felipe rogó “no me hagas daño solo deseo volver a ver a mi familia”. El hombre del hacha le dijo que se había terminado su tiempo, le dio un golpe que acabó con su vida. 

Yo estaba paralizado, comenzaba a perder la sensación en mi pierna mientras un dolor punzante invadía mi mano y la sangre no dejaba de recorrer mi cuerpo. Creí que me iba a desmayar. Llegó un punto donde todo pareció detenerse y vi mí alrededor. Los camiones doblados por el impacto, el pastizal en que estaba, el sonido del viento al chocar con ellos, la carretera vacía. Volví de nuevo en mi cuando escuché la explosión del camión, parecía un muro de fuego. Y de en medio del fuego salió el tipo del hacha arrastrándola. Se subió las mangas de su chaqueta hasta el codo y logré ver que tenía el mismo tatuaje del que había soñado, la palabra “eativ” y la sucesión de la vida de un ave.

¿Mi sueño fue una premonición?, ¿qué haría conmigo aquel hombre? Aterrorizado, comencé a hacerme hasta atrás arrastrándome cuando sentí que alguien pisó mi pierna- 

– No se ve bien. No te preocupes acabare rápido y tu sufrimiento se desvanecerá como siempre lo hago.

– ¿Por qué lo haces? – le pregunté

– Es mi misión.

– ¿A qué te refieres? 

– Ya lo verás- me respondió. Vi que alzo su hacha y escuché los sonidos de una ambulancia. El hombre volteó y se me quedó mirando. Y solo me dijo lo vería pronto. Pude ver entonces como se consumía en el fuego y se desvanecía en cenizas.

No supe qué hacer o qué decir, llegó la ambulancia y más tarde los bomberos. Pedí ayuda, me auxiliaron, atendieron y hospitalizaron. Fui el único sobreviviente al choque. Cuando mis padres me visitaron, me dijeron que mi perro estuvo aullando toda la noche en la que ocurrió el accidente, junto a la barda de la casa. Les di la descripción de aquel hombre, pero de él nadie sabía nada. 

Desde aquel día puedo ver las tragedias que van a suceder que involucren a la muerte. Cuando ocurre esto tengo un sueño donde puedo ver exactamente lo que pasará. En algunos sueños pude ver a Don Felipe, quien me decía que cuidara a sus hijas. También sueño con el hombre del hacha, siempre está ahí buscando, anhelando la muerte, y no sé por qué lo veo, parece que siempre lo acompaño, he visitado lugares a los cuales nunca he ido. Recuerdo que una ocasión soñé la muerte de un tío que no veía desde hacía mucho tiempo. En el sueño estaba en una calle cerca de su domicilio, un hombre salió y lo despojó de sus pertenencias. Luego, se escuchó un disparo. Pude ver al hombre del autobús acercarse por sus espaldas y darle un golpe con el hacha a mi tío. Me dijo el hombre, buen trabajo, has mejorado. Bajé mi vista y ahí estaba el artefacto, ya no era un hacha, sino una guadaña y yo la estaba sosteniendo.  Pero lo que me atemorizó es que, en el reflejo del metal, aparecía el rostro del hombre y no el mío. Por la tarde le avisaron a mi madre que su hermano había muerto de un balazo en un asalto.  

Esto ha sido muy extraño, estoy confundido. No dejo de tener esos sueños. Sueño con personas que no he conozco, veo su muerte. Estoy empezando a perder el cabello y a sentir demasiado frío en mi cuerpo. No sé hacia dónde ir, mi familia se ha preocupado por mí. Para no soñar he decidido no dormir, porque en sueños me gusta ver morir a las personas, y cuando pasa está aquel hombre y estoy yo.   

Ahora estoy en otra carretera, esperando un autobús de pasajeros. El hombre está a mi lado, pero se desvanece y yo siento un peso en mis manos, la guadaña es mía. Ahora lo comprendo todo.

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