Luz

Ilustración por Gabriela García Landa, narración por Edgar Perea y edición por Rogelio Flores.

– Mamá, ¿qué es eso? – pregunté señalando con mi dedo hacia la zona prohibida.

– Hijo, ¿por qué tienes que preguntar tanto?, aquí estás muy bien, ¿qué más tengo que hacer para que me obedezcas de una maldita vez? – respondió mi mamá exhausta. Desde atrás, mi papá me levantó en sus brazos, dispuesto a regresar con los demás.

La verdad es que no me sentía cómodo aquí, en mi hogar rocoso y húmedo, conviviendo con esos hombres y mujeres que aparentemente siempre están alegres; pero la verdad es que, al fijarse bien en su mirada, pareciera que está vacía como todo lo que hay en éste lugar. Por suerte conocí a mi amiga Ana, quién, a excepción de sus papás y de mí, era rechazada por todos, todos se burlaban de ella, la apodaban «la rarita”.

Ella era la única que compartía mi interés por aquella cosa que nos lastimaba los ojos, pero que de tanto mirarla, ambos ya teníamos un poco más de resistencia a ella y mágicamente podíamos ver otras cosas que no veían las demás personas.

– ¡Leonardo, quiero tocar el “Irrita-ojos!- dijo ella, susurrándome al oído, cuando estábamos apartados de los demás, el día más aburrido que jamás hayamos vivido, “La fiesta de los placeres”.

-Pero está prohibido hacer eso Ana, nos podría ir muy mal.

-Solo va ser un momento, nada más. Es posible que con el “irrita-ojos” encontremos algo más- dijo emocionada, dando brinquitos aquí y allá.

-Pero que sea rápido, no quiero que mi mamá me dé nalgadas, como cuando pregunto cosas que no sé; y que me obligue a repetir que ser diferente a la comunidad no sirve de nada.

Al día siguiente, después de desayunar una suerte de insectos y una que otra araña pequeña, le dije a mis padres que jugaría con los otros niños y me respondieron como de costumbre: 

-Muy bien Leo, que te vaya bien.

-Sí hijo, pero no vayas con La Rarita, que te trae malos consejos.

Justo antes de emprender nuestro viaje a la puerta del campamento, que por cierto, siempre ha estado sin vigilancia por alguna razón que desconozco; Ana y yo nos sentíamos nerviosos por lo que íbamos a hacer: ¡estábamos rompiendo las reglas!

De pronto, nos tomó por sorpresa una anciana envuelta en harapos. 

-Tengan cuidado chicos, allá afuera es igual de cruel que aquí adentro, cuídense- sentenció con una voz rasposa y profunda.

Solo nos limitamos a mirarla con mucho horror sin posibilidad de siquiera gritar.

-Tranquilos chicos. Les deseo mucha suerte, ojalá nos veamos pronto y alcancen sus sueños. Yo los cubro-

La anciana desapareció al momento que nos lanzaba un último guiño, que para mi gusto fue de lo más comprensivo que hemos recibido de un adulto en nuestra comunidad. Tras dejar atrás a la extraña ancianita, Ana y yo emprendimos el largo entramado de piedras y de aquellas profundas zanjas al final de aquel camino, como si fuera hecho por algún bicho muy escurridizo, hasta que poco a poco, el sendero se estrechaba tanto que debíamos arrastrarnos.

Por fin salimos de ese camino con los ojos cerrados. Estábamos frente a frente con el “irrita-ojos”, la cual desprendía una sensación de calor agradable, muy similar a la que me daba mi mamá cuando me abrazaba.

-Tú primero- le dije a Ana.

-No Leo, la tocamos los dos o ninguno- sentenció.

Asentí muy nerviosamente con la cabeza, inseguro de lo que iba a hacer.

Sin darme cuenta hasta ese momento, escuchaba cosas bonitas que allá abajo no había, sentía como un aire fresco acariciaba mi cara y la tierra seca con cabellos planos a mis rodillas desnudas.

Nunca me había sentido tan bien como en ese momento al estar junto con Ana, una de las personas que más quería en éste mundo.

A la una, a las dos… y a las… ¡tres! – gritamos a la vez que tocábamos la cosa irritante, cayendo hacia los cabellos de la tierra.

Vimos que esos cabellos no eran cabellos, eran como dedos verdes puntiagudos que acariciaban sin reparo nuestros brazos, nuestra cara y nuestras piernas. Nos dimos la vuelta y, junto con Ana fue la cosa más bonita que he visto jamás… era una cosa azul, sin principio ni fin, en el que pasaban algo así como murciélagos coloridos, pero con pico en la cara.

Giré mi cabeza para ver a Ana, y nuestras miradas se cruzaron, comprendiendo en ese momento que habíamos logrado algo importante.

Llegaron corriendo dos personas vestidas de verde que nos ayudaron a parar y nos dijeron:

-Bienvenidos chiquillos, este es su nuevo hogar. No tengan miedo, abran poco a poco sus ojos. Suponemos que en la caverna está muy obscuro- dijo animado un hombre.

– ¿Qué es esta cosa que me irrita los ojos? – pregunté a los desconocidos? ¿Veo tantos colores, tantas cosas? respiro el aire tan liviano…-

-Es la luz… es la verdad- contestó la mujer.

Tras esas palabras reveladoras, decidí regresar por mis papás y la ancianita para que conocieran la verdad, pero el hombre me sujetó del brazo y me dijo que no volvería a la caverna, por que sufriría en un lugar donde nadie me comprendería.

– ¡Pero yo quiero estar con mis papás! – grité mientras lloraba irremediablemente.

Ana asustada por las palabras del hombre, corrió hacia adentro de la caverna, justamente antes que la bala atravesara su pierna.

-No te preocupes niño, ahora nosotros vamos a ser tus nuevos padres, aunque no quieras, y podrás preguntar todo lo que quieras- dijo el hombre, apuntándome con una pistola que expelía el característico olor a pólvora quemada, como en las leyendas que relataban los más viejos de nuestro hogar.

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