No, nunca me aburro contigo

Ayer volví a ver a Leonardo después de cinco años. No pensé que me sentiría así.

Quedamos de vernos en un bar de la Condesa. Nada que ver con aquellas primeras veces, hace veinte años, en que nos citábamos en un parque o una plaza. Esos tiempos me parecen tan cercanos y a la vez tan ajenos.

Él llegó, para no variar, 10 minutos tarde. Me enojé, obvio. Pero no era momento de reclamos. Tan pronto nos vimos, nos abrazamos. Yo lo solté antes, pero él continuó el abrazo, así que tuve que retomar unos segundos más. Sentía cómo le temblaban las manos de nervios. Yo también estaba nerviosa, pero ya no se me nota, ya he vivido mucho.

Según yo, Leo ya tiene más entradas, pero no sé, tampoco ha pasado tanto tiempo desde la última vez. Eso sí, de que las canas en la barba son nuevas, ahí sí estoy segura. 

Como siempre, me la pasé hable y hable; tenía mucho que contar: el viaje a Europa, el trabajo en la agencia, los viajes a Tijuana con mis hermanos, las tres mudanzas del año pasado, el exnovio que acababa de dejar…

Siempre es extraño con Leo, ninguno de los dos lo menciona, pero es raro hablar de nuestras parejas –o exparejas en este caso –es como si, en el fondo, estar con alguien más fuera una infidelidad entre nosotros; como si nunca hubiéramos cortado definitivamente, aunque nunca formalizamos nada.

Entre la plática y las preguntas trilladas para ponerse al día, ordenamos de comer… y de beber. La verdad había sido una semana pesada y tenía ganas de ponerme happy.

Si fueras gay todo sería más fácil… ¡Seríamos mejores amigos! –le dije entre risas, pero creo que a él no le pareció tan gracioso. Bajó la mirada y fingió una sonrisa, así que cambié rápido de tema. 

Aunque me arrepentí de decirlo, era la verdad: todo sería más fácil entre nosotros, él me entiende como nadie. Con una mirada sabemos lo que el otro siente. Entre nosotros sobran las explicaciones. Al fin y al cabo, nada puede cambiar el hecho de que fue mi primer amor y uno de los hombres más importantes en mi vida.

Bueno, yo ya te dije muchas cosas, ahora dime, ¿qué onda con tu proyecto? -ya le tocaba hablar a él y, además, ya me habían traído la comida y no quería que se me enfriara. Lo observaba mientras hablaba y me invadía una mezcla de sentimientos que iban de la ternura a la flojera. ¡Cuántas cosas han cambiado y cuántas otras siguen iguales!

Leo no dejaba de recordar al mesero cuando se tardaba en traerme algo. Me gusta que siempre intenta que todo salga perfecto cuando salimos, me hace sentir querida y especial. Si no me hubiera dicho ‘puta’ tantas veces cuando nos enojábamos, diría que es un completo caballero.

¡Ay, verdad que Barcelona está impresionante! Sí, ya sabía que te iba a gustar… Deberíamos viajar alguna vez juntos. Estaría padre. ¡Pero a un lugar al que ninguno de los dos haya ido antes! ¿va? 

Creo que eran los mezcales ideando otro de esos planes que nunca iba a pasar.

Aunque nos conocemos desde hace tanto tiempo, Leo y yo nunca hemos ido de viaje. Una vez fuimos a comer hongos cerca de Toluca, pero eso no cuenta. Para ser una de las personas que más ha marcado mi vida, me parece increíble que hayamos dejado de hacer cosas juntos: nunca hemos ido a una peda, nunca fuimos a bailar, aunque nos quedamos juntos varias noches, nunca hicimos el amor…

Bueno, ya sabes que soy de vejiga chiquita, así que voy al baño otra vez, ahorita me sigues contando, ¿va?

De camino al baño me puse a pensar, ¿por qué nunca cogimos? Ese asunto, me encabrona, me saca de onda, y me encanta: 

Me encabrona porque, ¿cómo no me va a querer coger? Eso es hasta insultante, ¿acaso no me deseaba? La verdad tengo bastantes pretendientes que se morirían por pasar una noche conmigo. 

Luego, me saca de onda porque, si me deseaba, ¿por qué no tenía el valor para hacer el siguiente movimiento? No soy una muñequita que se va a romper. Ya otros tipos habían sido muy directos en cuanto a sus intenciones de llevarme a la cama, ¿por qué él no? 

Y también me encanta que nunca haya pasado porque siento que, en el fondo, Leo me trata tan bien porque sigue anhelando que pase. Los hombres son unos cabrones y, una vez que aflojas, se empiezan a portar diferente, como si ya te tuvieran de trofeo. ¡Mira si lo sé yo! Hasta el güey que al principio parece el más detallista, después de cogerte, se transforma en un patán.

Oye… ya estoy medio peda y me está dando sueño, ya nos… ¡Ay, ni empieces de sentido, Leonardo, la chela siempre me da sueño y esta semana te digo que estuvo bien pesada! No, nunca me aburro contigo… -Era la verdad, ya tenía sueño y cada vez podía fingir menos los bostezos, así que pedimos la cuenta y después los ubers. 

En el camino de regreso, después de pensarlo, me di cuenta que me despedí de él como se despide a alguien que no te importa: “Hay que vernos más seguido, ¿va?”. No como se debería de hacer con alguien que marcó tu adolescencia. No lo despedí como a la persona por la que traicioné a mi mejor amiga cuando eran novios. Así no se despide al único que estuvo contigo cuando murió tu papá. No te despides así de la persona a la que le hablabas cuando amenazabas con suicidarte. De alguien así, simplemente no te despides. Te despides de los demás porque vas de regreso a donde está él. No necesitas “ver más seguido” a alguien que siempre va a estar.

Después de la oleada de memorias, se me salieron unas lágrimas en el uber. Realmente eran más consecuencia de la peda que de la nostalgia. En cuanto llegué al depa me quité la ropa, pasé al baño, y después me metí en la cama. Ya en la oscuridad y el silencio de mi cuarto, me aturdían el zumbido en los oídos por el ruido del bar y el recuerdo borroso de alguien que ya no tiene nada que ver conmigo.

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