Una boda de acuerdo con el Tao

Narración por Antonio Dagnino, ilustración Gabriela García Landa

No sonaba el Canon de Pachelbel, sino una triste melodía de Albinoni interpretada con un violín chino mientras Itzel caminaba vestida de negro hacia el altar. Al verla, todos los invitados tuvieron una reacción que trataron de apagar rápidamente, pero no dejaron de seguirla con una mirada extraña. No es como que le moleste a Itzel causar un escándalo, más bien lo disfruta. Yo me encontraba a lado del altar, comunicándome con sutiles gestos con Dante, quien se encontraba del lado del novio. Ezequiel vestía de blanco, esperando a su amada quien se le acercaba. No me sorprendía que Itzel fuera de negro, me extrañaba que se casara. 

– Los gays son los únicos que deberían casarse porque fomenta sus derechos, mientras las mujeres rechazan su libertad al contraer matrimonio, – dijo Itzel, con un porro en la mano (cuando todavía era ilegal) hace unos diez años.

Con un anuncio de un solo un mes de anticipación, se casaba. Dante y yo creímos que era una broma cuando nos llegó la invitación por correo: “Es un gusto invitarlos a nuestra boda de acuerdo con el Tao, Itzel & Ezequiel.” 

– ¿Por qué decidieron casarse? – le preguntó Dante a Ezequiel cuando salimos a cenar al día de recibir la carta.

– Al unirnos nos alejaríamos del egoísmo y la individualidad, nos acercaríamos al no ser, el camino del no ser conduce a contemplar la esencia maravillosa, – dijo Ezequiel citando el Tao Te King, un libro de filosofía china. Un texto ambiguo que puede ser interpretado de una infinidad de maneras.

– ¿Sabes que es como decir que eres una zorra? – le dije a Itzel cuando se probaba el vestido.

– Amiga, es mi manera de expresarme, aparte no me importan las opiniones, el favor y la desgracia son como el miedo, – contestó segura de sí misma –  los favores son contradictorios, cuando se nos conceden tememos perderlos y si los perdemos quedamos atemorizados.

Los honores y grandezas son como nuestro cuerpo, – continuó Ezequiel como sincronizado, viendo adentro del vestidor a través de la cortina – te ves hermosa, amor, – y luego me dirigió la mirada – si sufrimos algún daño es porque tenemos un cuerpo, en el momento que dejemos de tenerlo, ¿qué daño podríamos sufrir? – Me divertía ese juego que se traían con su poemario idealizado, pero parecía que estaban evadiendo algo.

Para su morada, el sabio busca la tierra, de su corazón brota el amor, en su palabra hay fe y sinceridad, –  daba el servicio Mateo, uno de nuestros amigos de pelo largo, guitarrista y con tatuajes; todavía me cuesta recordarlo cuando estudió derecho e iba a la universidad vestido de traje todos los días. Me la hubiera pasado riendo si no tuviera que apoyar moralmente a mi amiga frente a su conservadora familia y la de su novio. A las damas de honor también nos hizo vestir de negro. Después de darle muchas vueltas espirituales al asunto, Mateo llegó al final del rito y se apegó a lo convencional. Los novios pronunciaron sus votos, ambos, hermosas piezas.

– Acepto, – dijo Ezequiel.

– Itzel, ¿aceptas a Ezequiel como tu esposo? ¿Prometes serle fiel, en la salud y en la enfermedad, amarlo y respetarlo hasta que la muerte los separe?

– Acepto, – respondió Itzel. No pude evitar sentirme inmensamente conmovida viéndola llorar al decir esa palabra con esa mirada tan especial al amor de su vida. Ella solía ser tan fuerte e independiente, pero en ese momento entre lágrimas, se mostraba frágil y sensible.

– Los declaro marido y mujer, – continuó Mateo, volteo a ver a Ezequiel – ahora puede besar a la novia.

Se sujetaron con fuerza. No fue de aquellos besos convencionales de bodas, donde hay tantas miradas y formalidades que superan al romanticismo. Pero este beso fue especial. Se besaban como si quisieran atorar sus labios, quedar unidos para siempre. 

Caminamos en silencio, con el violín chino tocando una suave melodía de primavera. Nos dirigimos en caravana hacia un altar taoísta improvisado copiado de Mulan. Ahí dejaron unos platos con incienso y agregaron una placa al monumento con sus nombres. Normalmente me provocaría disgusto este fallido intento de apropiación cultural que no tiene nada que ver con una boda taoísta, pero había algo de sinceridad en todo esto. 

Las mesas para la comida estaban agrupadas en una configuración de espiral, con los novios en la mesa central y todos esparcidos en las dos capas curvas de mesa que la circulaban. Era un poco incómodo sentarse en unos tapetes ya que las mesas eran chaparras, pero creo que se generó un ambiente agradable. La comida fue vegana y oriental, lo mejor fueron los spring rolls. Había música más convencional, una pista para bailar, brownies especiales y una barra libre. Se alargó la noche y la verdad se armó una muy buena fiesta.

En un punto encontré a Itzel. A pesar de estar en su boda, entró en un debate sobre modelos económicos con uno de sus tíos.

–  Quien sigue el Tao no desea la abundancia, por estar libre de posesiones puede ser humilde. – citaba textualmente.

– Tienes razón – continuó el tío–, los medios de producción nos pertenecen a todos, por lo tanto, te ordenamos que te pongas a producir niños con tu nuevo esposo.

Claramente fue un chiste, pero Itzel replicó:

 Quien sigue el Tao al no tener compromisos alcanzará la plenitud.

Logré sacarla de ahí y llevarla a una fuente en el jardín con nuestras parejas. Dante tenía una champaña de un poblado de Francia que habíamos visitado los cuatro alguna vez. 

– Estoy extremadamente feliz por ustedes– les comentó Dante.

– Se ven muy felices, creo que sus votos fueron muy sinceros –añadí. 

– Gracias por apoyarnos en esto. Hemos tenido buenas aventuras juntos, ¿no creen? – dijo Itzel.

–Algunas tal vez muy íntimas– agregó Ezequiel y todos nos reímos.

– Me gustaría que volviéramos a vivir los cuatro juntos, aunque tal vez con más espacio ya que no tenemos que sufrir hambre para pagar la renta– les dije.

Brindamos y seguimos recordando nuestras historias.

Alrededor de las cuatro de la mañana Itzel y Ezequiel anunciaron; 

Retirarse una vez concluida la obra, tal es la vía del cielo. – Y se retiraron, tomando el Mercedes negro que los llevaría al aeropuerto y a su luna de miel en Vietnam. Dante y yo nos fuimos a la habitación que alquilamos cerca del jardín donde fue el evento. Traíamos una actitud agradable; llevábamos varios tragos; estábamos risueños, haciendo comentarios burlones de la noche y de muchas cosas.

– Andaban reservados, ¿no crees? Como huéspedes en casa ajena – le dije al llegar al cuarto.

Se rio.

–Me dan risa esos sofismas orientales con los que se andan – súbditamente cambió de tono–, cuando estábamos solos, Ezequiel me repitió mucho una frase. “¿Podrías asumir una actitud pasiva cuando se abran las puertas del cielo y de la tierra?” No logro descifrarla. 

Lo besé. Creo que ya me había aburrido el Tao. Estaba cansada. Pero, note algo raro en el beso. Dante no me estaba besando de vuelta. Algo raro. Como si siguiera pensando en temas profundos.

– ¿Viste cómo se besaron? – preguntó rompiendo el beso Dante.

– Si, un buen atascón de bodas– respondí tratando de cambiar el humor sombrío que había adquirido la noche. 

– No sé si yo te pueda besar de esa manera.

En ese momento fue seco y no respondí. Solo lloré en silencio. Dormimos en lados separados de la cama. De vuelta en la ciudad, retomamos varios puntos de discusiones y tensiones acumuladas a lo largo de una década. Son muchas y complejas las razones de nuestra separación. Pero de alguna manera, la boda le hizo reflexionar que quería algo distinto, más tradicional. Yo no pensaba casarme o tener hijos. Me agrada la vida alternativa que llevo. Al final de esa semana comenzó a empacar y eventualmente se largó de nuestro departamento y de mi vida.

Una madrugada me llamo Itzel, con noticias amargas, necesitando mi apoyo. Ezequiel murió de cáncer. Al verla en el hospital la sujeté en mis brazos mientras lloraba profundamente. La acompañé a lo largo del día mientras realizaba todos los procesos legales de defunción. 

– ¿Quieres que organice el funeral? – le pregunté– puedo llamar a su familia y darles la noticia por ti.

– Ya fue– dijo secamente.

– ¿Qué?… ¿Por qué no me dijiste?… – entonces comprendí todo– Por eso fuiste de negro.

– No quería compasión, quería disfrutar de una última noche con su familia sin cargadas emociones y falsas tristezas.

– Pero su cáncer era de los más curables, tal vez podríamos haber ayudado más y recaudado dinero…

– Justo eso era lo que no queríamos, esperanza. No te tengo que explicar. ¿Cómo crees que logramos organizar que se reunieran nuestras complejas familias en un mes? Quien sabe ser líder no lo hace instruyendo sino manteniendo a otros en la ignorancia, ya que la gente es difícil de gobernar cunado sabe demasiado, quien dirige por medio del saber…

Le di una cachetada. Luego lloramos, me disculpé, nos abrazamos y seguimos como si nada. Sé que era un día fuerte para ella y tenía sus razones, todavía me arrepiento de haberla golpeado. Recurrieron al Tao para soportar circunstancias difíciles. Nos seguimos viendo para tomar el café cada mes. Pero nuestra amistad nunca volvió a ser igual. Las bodas son ceremonias hechas para unir familias, e Itzel logró manifestar el repele que siempre les tuvo. Itzel, Ezequiel, Dante y yo éramos una familia, una boda marcó su ruptura. El beso en el altar no solo fue una expresión de profundo amor, fue un intento desesperado de sujetarse a la vida.

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