Alebrije confidente

Narración por Imanol Lopezaraiza Castro, Ilustración Gabriela García Landa

–¡Mira! – dijo Eduardo mientras le mostraba a sus amigos una lombriz que había recogido del jardín de su casa.

–¡Es enorme! – admiraban sus amigos, quienes se agrupaban para ver al animal más de cerca.

Era una lombriz grandísima, del tamaño de una regla de 15cm. Algo verdaderamente impresionante. Eduardo se encontraba muy orgulloso de haberla encontrado. 

De pronto, de entre el montón de niños, una voz un tanto aguda y ronca exclamó –¡Se ve deliciosa! -.

–¿Quién dijo eso? – se preguntaron los niños mientras se volteaban a ver unos a otros.

–¡Aquí abajo! – exclamó la misma voz, llamando la atención de todos, –Soy la colorida criatura -.

–¡Es un sapo! – dijo unx niñx con algo de asco.

–No, es más bien como un gato, ¿no ves esos bigotes? – corrigió otrx.

–A mi me parece más como un cocodrilo, por su cola escamosa, o una jirafa pequeña por su cuello largo – dijo alguien más.

–¡Pero sus cuernos parecen los de un venado! – exclamaba Eduardo mientras sorprendido veía cómo el sapogatococodrilojirafitavenado saltaba por los aires y tomaba la lombriz con su larga lengua.

Todxs lxs niñxs miraron cómo la criatura comía al gusano de un solo bocado. 

–Soy todo eso y mucho más -, dijo el sapogatococodrilojirafitavenado, –¡Soy un alebrije! -.

–¡Oye!- Dijo Eduardo, enojado. –Eso era mío, y tú te lo comiste -.

–Yo lo sé – dijo el alebrije algo apenado –Se veía delicioso, y no pude resistirme, pero no te preocupes, yo puedo guardar a tu lombriz por un tiempo -.

Eduardo estaba tan molesto que no quería saber más de esta extraordinaria criatura. Así que le dijo que se marchara, pues no quería que comiera otra de sus pertenencias. 

El alebrije intentó pedir disculpas, pero Eduardo estaba demasiado enojado con él, por lo que debió marcharse triste y cabizbajo. Caminó lentamente con sus patas de perro durante un tiempo, hasta que se topó con una niña, quien andaba felizmente con un trofeo de oro en la mano. 

–¿Qué es eso? – le preguntó con interés el alebrije.

–Es un trofeo que gané en una competencia de karate, estoy muy feliz, pues hice un gran esfuerzo – respondió la niña, cuyo nombre es Rosa –y …¿Tú qué eres? Pareces un perro por tus cuatro patas, pero también una gallina por tus emplumadas alas -.

–Soy un alebrije, y tu trofeo … ¡Se ve delicioso! – dijo la criatura mientras tomaba el trofeo con su larga lengua y se lo tragaba.

–¡Oye!- gritó Rosa enojada. –Eso es mío -.

–Lo siento mucho – dijo el alebrije apenado –A veces no puedo controlarme cuando veo algo delicioso, pero no te preocupes, puedo guardar tu trofeo durante un tiempo -.

–Ya no quiero saber más – respondió ella– Estoy muy enojada y quiero que te vayas -.

El alebrije intentó pedir perdón, pero sus disculpas no fueron suficientes para ser exculpado, por lo que se fue volando, triste y cabizbajo con sus alas de gallina. 

Mientras volaba, observó por la ventana de una casa a un niño que parecía preocupado. El alebrije quiso ayudar, por lo que se acercó a la ventana para preguntar qué pasaba. 

Tocó la ventana, Toc, Toc, –¿Puedo pasar? -.

El niño, cuyo nombre es José, vio al alebrije y le permitió el paso 

–¿Quien eres tú? – Preguntó José –Tus ojos saltones parecen los de un camaleón, pero tu nariz me recuerda a la de un cerdo-.

–Soy un alebrije – se presentó la criatura –Me acerqué porque vi que te encontrabas preocupado -.

–¡Sí que lo estoy! – exclamó José –Estaba jugando a la pelota en la sala de mi casa, y accidentalmente he tirado el jarrón favorito de mi madre. Cuando tocó el suelo, el jarrón se rompió en muchísimos pedazos. Ahora está hecho trizas y no sé que hacer – le dijo el niño mientras mostraba las partes del jarrón roto.

–Todos esos pedazos … ¡Se ven deliciosos! – dijo el alebrije mientras extendía su lengua para comerlos.

–¡Oye!- dijo el niño –¡No te los comas! Prefiero tener los pedazos de un jarrón roto que no tener el jarrón! -.

Pero era demasiado tarde, el alebrije ya había devorado todas las partes del adorno. 

–¡Lo siento! A veces no puedo controlarme- se disculpó el alebrije, pero José estaba muy enojado y le pidió que se marchara.

El alebrije salió de la habitación del niño, y estaba por salir de la casa, cabizbajo, cuando en otra recámara encontró a una niña que llevaba una especie de libro en su mano. 

–¿Qué llevas ahí? – Preguntó el alebrije con curiosidad.

–Este es mi diario – contestó la niña. – En él escribo lo que ocurre cada día: lo que me gusta, lo que no me gusta, lo que pienso, lo que digo, y muuuuuchos de mis secretos de los que no quiero que se entere nadie … y tú, ¿Qué eres? Tienes manchas como una vaca, pero antenas, como una hormiga-.

– Soy un alebrije, y tu diario, se ve delicioso- dijo la criatura mientras saltaba y estiraba su larga lengua para comer el libro.

–¡No! – dijo la niña mientras quitaba su diario del camino del alebrije, quien siguió su trayectoria hasta caer en el suelo, golpeando su cabeza contra una pequeña cajonera. –¡No quiero que te lo comas, es mío! -. –Lo siento, – dijo el alebrije –es que se ve delicioso, y me es difícil controlarme cuando veo algo tan apetitoso. Hoy he comido muchas cosas deliciosas: Una enorme lombriz, un brillante trofeo y un jarrón estropeado, pero mucha gente se ha enojado conmigo por ello -.

– No está bien comerse las cosas de otros sin su permiso – contestó la niña. –Es por eso que se enojan contigo -. – Ya lo sé, – dijo el alebrije apenado –es sólo que no puedo controlarme -. Además, cuando me como las cosas, no las desaparezco, únicamente las guardo en mi interior hasta que me las pidan de regreso-.

El alebrije entonces sacó de su boca todo lo que había comido. Primero escupió en el suelo los pedazos del jarrón que había tragado, después sacó de su estómago el gran trofeo de karate que había devorado y por último, tomó de entre sus dientes, con una de sus patas de perro, la lombriz que había comido, y la sacó lentamente de su boca, para mostrarla a la niña. 

–¿Lo ves? – dijo el alebrije, –todo se encuentra tal como estaba cuando me lo comí. Yo solamente guardé todo esto por un tiempo -, –Mmm … – dijo la niña pensativa, mirando todo lo que el alebrije le estaba mostrando. –Creo que será mejor devolverlo todo -.

Primero, fueron a la habitación de José, quien estaba muy preocupado por el jarrón desaparecido. El alebrije le entregó las piezas y le pidió perdón. Además, ayudó a José a pegar los pedazos del jarrón roto en el orden en el que iban, y aunque aún se podían ver algunas grietas en el jarrón, el niño estaba ahora mucho más tranquilo. –¡Gracias! – dijo José sonriendo al alebrije. –Ahora iré a pedirle perdón a mi mamá por haber roto su jarrón -.

El alebrije salió volando contento con sus alas de gallina por la ventana de la casa, la cual aún se encontraba abierta. En el camino, encontró a la niña, cuyo trofeo había comido. –Lo siento -, le dijo el alebrije a Rosa mientras le devolvía el trofeo. –Aquí tienes tu trofeo, es en verdad muy hermoso -. Ella tomó el trofeo y respondió–: Muchas gracias, alebrije, ahora, gracias a tu saliva, se ve un poco más reluciente que antes.

El alebrije se despidió de Rosa y se marchó caminando felizmente con sus patas de perro hasta donde se encontraba Eduardo. Aún estaban muchos niños reunidos, consolando a Eduardo, quien se encontraba triste por haber perdido a su lombriz.

–Toma – dijo el alebrije, mientras regresaba la lombriz a Eduardo, –Siento habérmela comido, aquí está de regreso -. Eduardo sonrió, secándose las lágrimas de su rostro con las mangas de su camisa.

–Muchas gracias – dijo Eduardo aún sollozando. –Veo más grande aún a esta lombriz, creo que creció unos centímetros estando en tu panza -, Eduardo y el alebrije se rieron juntos.

El alebrije estaba por irse cuando de repente escuchó la voz de la niña del diario, quien había seguido al alebrije hasta donde estaban ahora.  –¡Espera! – exclamaba la niña a su nuevo amigo, –¡No te marches aún! Quiero que tengas esto – explicó la niña mientras le daba al alebrije su diario. –¡Tu diario! – dijo el alebrije algo sorpredido –¿Estás segura que quieres que me lo coma? -.

–Sí- asintió la niña –como te dije, en mi diario escribo muuuuuchos de mis secretos, de los que no quiero que nadie se entere, y no puedo pensar en un mejor lugar para guardarlos todos que en tu panza -.

El alebrije sonrió y tomó el diario de la niña con una de sus patas de perro, después, sacó su larga lengua y se tragó el libro de un solo bocado. –¡Está verdaderamente delicioso!- dijo el alebrije sonriendo.  –Recuerda que cada vez que necesites tu diario de regreso, yo puedo entregártelo. Mientras tanto, lo cuidaré dentro de mí – ambos sonrieron, y caminaron juntos de regreso a la casa de la niña.

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