Mi pobre corazón

Narración e ilustración por Enara Tarragó, edición por Mariana Tarrgó.

Llegué con el corazón en las manos, roto en 3 pedazos. Mi abuela corrió para verme y, sin titubear, dijo

­­­  ─Fue tu primer amor, ¿verdad?

No tuve ni que responder. Ella ya sabía la repuesta:

   ─Quemando memorias, asfixiando esperanzas y apuñalando tristezas; esa es la única forma de curar estas cosas y la mejor manera de asesinar un amor. Ya que esté bien muerto, vas y lo entierras en el Cerro de las Dos Lunas, ahí donde siempre es de noche ­­─dijo, mientras iba preparando todo para la curación de mi pobre corazón, que seguía deshecho entre mis manos.

Yo, en silencio, me senté en la mecedora vieja de mi madre y esperé a que volviera. 

A su regreso, mi abuela me examinó con cuidado y luego agregó:

   ─¡Esto se ve peor de lo que pensé! ─ exclamó─ Así pasa con el primero. Se ama tan profundo que al final se desgarra hasta el alma. Te va a quedar una cicatriz bastante fea, pero nada que no se pueda arreglar.

Me dio a beber un antiséptico para el alma, que sabía a una mezcla de agua marina con extracto de rosas, y me untó una pomada, que funcionaba como anestesia para los sentimientos tortuosos. Me hizo escoger el color del hilo con el que me iba a coser, desinfectó la aguja con un poco de saliva y así, sin más, comenzó a unir cada cacho de mi corazón. Me explicó que cuando se acaba el primer amor, siempre se rompe en tres: un pedazo por lo que las dos personas fueron, otro por lo que ahora son y el último, por las (ingenuas) esperanzas de lo que pudieron ser.

─Después del primero ya solo se rompe en dos ─me dijo mientras daba las últimas puntadas─. Medio chueco, pero ahí quedó. Le hice doble nudo para que quede bien ajustado y no se vuelva a abrir.

Me quedé viendo mi corazón medio deforme, cocido de manera irregular, y creo que puse cara de susto porque en ese instante mi abuela dijo:

─Ay niña, no te preocupes por el hilo que por suerte escogiste el morado, así que va a combinar con tu nostalgia. Y la forma, esa se irá arreglando con el tiempo. Ahora sí, vuélvetelo a guardar para que te dé tu analgésico. Ese te va a calmar el dolor punzante de tus memorias.

Con cuidado, volví a colocar mi corazón en su lugar y dejé que mi abuela me terminara de curar. Me levanté en silencio y fui a mi cuarto a terminar de matar ese amor que me había dejado en pedazos. Hice tal cual me dijo mi abuela: quemé mis memorias, asfixié mis esperanzas y apuñalé mis tristezas hasta convertir todo en cenizas.

Esa noche no dormí, pero tampoco lloré. Me sentía algo incómoda con la nueva forma del bulto que se encontraba del lado izquierdo de mi pecho y que mi abuela hacía llamar “corazón”.

Cuando el horizonte se comenzó a pintar de rojo, mi abuela tocó la puerta y gritó:

─¡Levántate niña! Recoge las cenizas de tu amor y vámonos al cerro. Ya traigo la cubeta, para colectar tus lágrimas y el suéter de tu madre, para que no pases frío.

Fue así como, sin pensarlo dos veces, emprendimos nuestro viaje al Cerro de las Dos Lunas. Conforme avanzábamos, me iba dando cuenta cómo la noche empezaba a caer sobre nosotras, a pesar de que el día apenas estaba comenzando. Tuvimos que cruzar tres ríos que susurraban canciones de abandono, pasar cuatro grandes piedras con figuras de traición, y luego dar vuelta a la izquierda en la esquina del desamor. Lloré todo el camino.

─Por fin llegamos, chiquilla. Bienvenida al Cerro de las Dos Lunas. Es aquí donde se sepulta al primer amor.  

Agotada por el largo camino y medio deshidratada por tantas lágrimas derramadas, miré hacia arriba para encontrarme con el cerro más hermoso que había visto y el cielo más iluminado que podría imaginar. En esa noche tan profunda, millones de estrellas brillaban con una luz única, mientras que un olor a miel inundaba el aire. Subimos hasta lo más alto del cerro y, ahí, donde lo único que se escuchaba era el viento, mi abuela me hizo cavar un hoyo para colocar las cenizas. Después, las tapamos con hierba fresca y las honramos con las flores más bellas que pudimos encontrar. Mi abuela vertió mis lagrimas sobre la ofrenda y, al instante, noté como un punto más se iluminaba en el cielo. A pesar de que había tantas estrellas sobre nosotros, observé cómo una resaltaba más que las demás. Tenía una luz mágica y parecía querer decirme algo. Mi abuela también la vio y, con gran satisfacción, asintió mientras caían algunas lágrimas de sus ojos. Nunca la había visto llorar.

─Así es ─suspiró-, cada estrella es un primer amor bien enterrado. Eso es una bendición y una condena. Si lo extrañas, siempre lo podrás mirar a lo lejos y admirar su luz. Pero eso sí, nunca lo trates de desenterrar porque ya nunca podrá regresar.

Sus palabras nunca me habían dado tanta paz.

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