Y.

Texto por Alejandro Toussaint, arte por Gabriela García Landa.

Había demasiado ruido en mi cabeza y demasiado dolor. Como si todo mi cerebro estuviera urbanizándose a velocidades extremas y todos los espacios tranquilos desaparecieran y todos los bosques y las playas y los mares fueran y las noches estrelladas y los silencios posibles fueran a desaparecer. Me ardían los ojos y los pies y me temblaban las muelas y se me disparaban los pensamientos hacia todos los dolores que pudiera recordar. Ahí donde ya no hay vida y no hay deseo y no hay ni siquiera los llantos abundantes ni las tragedias expuestas ni los dramas personales. Y tenía que seguir y abrir los ojos e incorporarme. Y respirar infinitamente como si nunca me fuera a morir. Y no estaba solo. Nunca lo había estado. Y tenía que dar un paso y otro y otro. Y tenía que hacer una tarea y otra y otra. Y tenía que leer un libro y otro y otro. Y seguir sin importar si había conciencia del paso de los segundos y los minutos y los días y las semanas e incluso los meses. Todo pasaba y yo no podía detenerme. Y perdí el control. Y perdí la razón. Y perdí hasta las ganas de mandarlo todo en un instante a la mierda. Y perdí los caminos. Y dejé de soñar. Entonces comenzaron las pesadillas. Y las pesadillas se mezclaron con la realidad. Y ya no era capaz de distinguir entre la vigilia y el sueño ni saber si alguien, alguna vez en la historia de la humanidad lo había conseguido. La angustia se apoderó de mí. Pensé que iba a quedarme sordo. Y mudo. Y parapléjico. Ciego no. No podría. Y quise que todo ello acabara. Y regresar a los mares y a los días felices, a los sueños y a las millones de veredas posibles, a la música y a la libertad, al delirio y el llanto, a las pasiones y los amores. Pero no.

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