Liberté

Fotografía por Juan Pablo Bernardi

Cuento por Gabriela García Landa, fotografía por Juan Pablo Bernardi

La despertó una ráfaga de viento furiosa, cubriéndola de nieve. Titiritaba. Bostezó largo y profundo mientras estiraba los brazos y las piernas que habían permanecido enrolladas, simulando un ovillo durante la madrugada. Finalmente se levantó rígidamente y con una lentitud alarmante para una niña. Sus ojos estaban hinchados e invadidos por algunas lagañas, trató de abrirlos y apreciar el horizonte. A lo lejos todo era blanco, puro y sin sazón. Frío, helado.

Esa nevera era ahora su hogar y se encontraba repleta de posibilidades. Carecía de calidez, de eso no había duda, pero encontraría la manera de resolver aquel diminuto inconveniente. En realidad lo único que faltaba para transformar al rincón más frígido del mundo en un refugio era apropiarse de algunas de sus bellezas. Habiendo cumplido con ésta tarea podría desenvolverse cómodamente. Estaba segura; después de todo, a los hombres la belleza no nos basta, necesitamos capturarla -aunque sea en la imaginación-, hacerla nuestra y robarle toda su libertad para pretender que somos soberanos ante su grandeza. 

No pretendía gobernar a la montaña, sabía que su espíritu era demasiado pequeño para regir al monte, para alcanzar la luna, para ser sirena o buscar estrellas y apoderarse del sol. No. Además, le daba miedo ser devorada por los fantasmas de la ambición. En su pueblo se escuchaban con frecuencia leyendas de individuos de bien, que a pesar de su buen corazón, no lograron salir triunfantes de la batalla contra la avaricia. Dejaría que la cordillera la mandara a ella mientras se adueñaba de seres más dóciles, dulces y comprensivos. 

Comenzó a planear su nueva vida. Las aves serían su familia. Las rocas podrían ser sus juguetes u obras de arte para alegrarle el alma, incluso piezas únicas para amueblar. Serían su mesita para tomar el té y sus escalones para subir al cielo y tomar el sol si es que éste alguna vez se dignaba a visitarla. La laguna sería su tina, su escondite si desde las faldas de la sierra súbitamente ascendían invasores egoístas queriendo capturarla por ser también bella, y por ser también salvaje. 

Se estremeció ante aquella idea. Quería ser siempre libre, que los pájaros la enseñaran a volar, a planear, a cantar. Que la montaña le permitiera echar raíces en su tierra para que ni el ciclón más colérico fuera capaz de derrumbarla. Y aunque no deseaba ser considerada la propiedad de ningún hombre, o ninguna casa, si deseaba que la desearan. Deseaba que la desearan tanto como ella deseaba fundirse con la nieve, dejando sus guantecitos viejos y rojos y su bufanda bordada como recordatorio. Imaginó la escena: un guante permanecería en la montaña y sería enterrado por la nevisca con el tiempo, una de sus amigas las águilas tomaría el otro y lo llevaría hasta la puerta de su antigua familia para que su madre supiera que finalmente había logrado hacerle el amor a la montaña. Su bufanda sería alzada por el viento y viajaría hasta la luna para hacerle compañía eternamente y cumplir otro de los sueños que le habían dicho siempre que no se cumplirían. 

De pronto, sintió una lagrima corriendo por su mejilla, y otra y otra. No podía detenerse, ni quería hacerlo. En medio del vacío se sentía en paz. Airosa. Sus lagrimas comenzaron a congelarse y a alzar el vuelo junto al resto de los copos de nieve. Esa fue la mañana más blanca que las aldeas de los alrededores habían apreciado jamás. Más de una familia juró escuchar el eco de una risa que transmitía ser libre. Cuando por fin acabó la tormenta, los sabios de la región organizaron una visita a la montaña con la intención de pedirle a la gran madre que se apiadara y los perdonara por haber errado. Temían que aquel despilfarre de hielo continuara y los sepultara por completo, sellando así, su gélido destino. 

Subieron chicos y grandes. Fue una larga y cansada travesía. Sin embargo, al llegar a la cima, los aldeanos se encontraron con un espectáculo. El sol había destinado uno de sus rayos al cráter, que se hallaba extrañamente iluminado. Las aves celebraban volando en círculos silbando con hedonismo virtuoso, acompañadas de una brisa fresca que levantaba a la nieve y la llevaba consigo en un baile encantador. El sabio más sabio de los sabios declaró aquella imagen de elegancia natural una respuesta positiva de la montaña ante las disculpas de los hombres, y todos satisfechos con su interpretación comenzaron el descenso con una templanza antes desconocida en sus entrañas.

A lo lejos, no todo era blanco, había un guantecito rojo y viejo, abandonado sobre una roca. 

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