Es un problema morir sin acta de nacimiento

Arte por Anita Inispi

Cuento por Carolina Castellanos Tarin. Ilustración por Anita Inispi.

Cuando El Marrano murió, estaba el viejo Malo y yo. Mientras él lo enterraba yo le dirigía unas palabras mortuorias.

El Marrano y yo llegamos el mismo día a vivir en esa calle: yo en una casa y él en una caja de cartón que le regalé la tarde siguiente de la llegada de mi nuevo refrigerador. Le dije “tal vez te sirva”. Intenté darle una forma habitable a esa caja cuando escuché su voz: no hablaba. Sólo miraba con sus hermosos ojos opacos por el polvo entre el que vivía, pero que seguro de recién nacido fueron color verde, como una planta que goza de su maceta, su tierra y del sol.

Así fueron las veces que me lo encontré: me acercaba a él y El Marrano, sin decir nada, solo me miraba. A veces usaba lo que le regalaba y otras veces lo tiraba a la basura.

Un día lo invité a comer. Entró a mi casa y lo primero que olió fueron las flores podridas que olvidé tirar esa mañana. Tal vez el olor se le hizo familiar y por primera vez me di cuenta de que él y yo no estábamos muy lejos de ser el otro. Entonces se bañó y se puso la misma ropa. En el comedor se esquinó entre las paredes repletas de litografías de la peste negra que una vez le compré a un anciano desahuciado y con polio, y que según esto eran originales.

Pasaron unos buenos años en los que él y yo no nos hicimos amigos, sino acompañantes de una vida no muy distinta. Hasta que murió y entendí lo demás.

Lo encontré un domingo a mediodía a medio camellón y sin saber qué hacer le llamé a Malo -el muchacho de ese entonces que enterró a mi borrego cuando yo tenía 8 años-.

Había sido todo un problema encontrarlo en ese estado justo ese día. Lo llevé a mi casa y lo dejé bajo un árbol para aletargar su descomposición. Pensé en sacar su acta de defunción pero luego se me ocurrió que ni El Marrano ni mi borrego tenían acta de nacimiento y si alguna vez la tuvieron no sabía en dónde habían quedado. Malo me hizo el favor de enterrarlo al lado de donde estaba mi borrego. Aunque se equivocó y
sacó unos huesos que no sabía si eran de mi borrego o de alguien más. Entonces excavó más y echó al Marrano bajo tierra. Yo lloré un poco y me despedí de él. Cuando regresé a mi casa me quedé pensando de quién serían esos huesos que encontramos, pero luego se me vino a la mente una idea más profunda: entre el último estado de la vida del borrego, del Marrano y mío no había diferencia alguna.

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