Rothko

Imagen de fondo «Fake Rothko», collage por Gabriela García Landa con imágenes de Binu Kumar.

Cuento por Pedro Salamanca Smith. Collage por Gabriela García Landa.

Me lo topé de casualidad. Yo no iba seguido a museos de arte moderno, los museos en general me daban hueva. Llegué al Pompidou porque me dejé llevar por Hélène quien me arrastró a través del metro y la explanada del museo hasta la exposición de un escultor islándico que, decían, sería el siguiente Calder. Dentro de la exposición, abrazaba a Hélène con un brazo y con el otro veía la hora. Después de veinte minutos me dolían los pies y estaba harto de cuanto se tardaba, entonces le dije a Hélène que buscaría un lugar donde sentarme. Y mientras me dirigía hacia la salida, me lo encontré de frente. Quedé perplejo al ver todo el rojo. Desde que llegué a París, hace seis años, lo único que había sentido era hambre y ahora era saturado de emociones que creí haber olvidado. Me sentí tan abrumado que caí hincado y comencé a llorar. 

Estaba envuelto en los recuerdos que me habían traído la pintura. Los colores eran los mismos: un rojo opaco y vibrante que rodeaba un cuadrado profundamente negro y se reunía haciendo un charco por debajo. Los mismos tonos obscuros del día en el que encontré el cuerpo de mamá. 

Hélène no sabe nada de eso. Ella cree que llegué a París buscando el cliché de los escritores: inspiración. También cree que soy un escritor, que estoy por estudiar filosofía en la Sorbona y que estoy enamorado de ella. Es mi culpa, le tenía que inventar una historia para que me deje dormir en su cama y no hay mentira más verosímil que el amor entre dos jóvenes. La verdad es que llegué huyendo de casa. 

–Ahora sí necesito que me pagues lo del golpe, Rich. Me voy de Coatzacoalcos y ya no voy estar aquí chingándote diario a ver cuándo me lo das. 

–Ah caray, ¿y ora por qué te vas?– me preguntó mientras sacaba una cajita de madera del cajón. 

–Aquí ya no estoy seguro, Rich. Ya hasta mi papá se fue. No me queda nada más que el pasaporte falso que le compré al Chino y el dinero que me debes. – Le contesté mientras agarraba el fajo de billetes que me faltaba. – Te debería de cobrar intereses con todo lo que tardaste. 

–Pinche güero, sólo porque estoy de buenas y tú estás bien jodido.– me pasó otro montón. 

–Oye, ¿y a dónde te vas? 

–Te vale madres ¿no? 

A Francia. No fue mi decisión, fue la del Chino. Mándame lejos, a Europa, a España. Dicen que ahí el agua de la llave es potable. Ya tendría un gasto menos. Esas fueron mis  palabras exactas. 

–Perdón, sólo tenían franceses. 

–No mames, Chino. Si ni hablo inglés, ¿cómo le voy a entender a los franchutes? 

–Tú sólo di wi para todo y con el tiempo le vas a agarrar. Además dicen que es parecido al español. Es esto o te quedas en Coatzacoalcos con tu papá. Mi papá, ese cabrón. Todo fue su culpa. Desde chiquito sabía que había algo raro con su chamba. Éramos la única familia de bodegueros en Coatzacoalcos que cambiaba de lancha cada año. Hasta que un día nos quedamos con el modelo pasado y en los meses siguientes mataron a mi mamá. Después papá desapareció con una nota amarilla en el refrigerador y abajo de ésta, cincuenta euros. Ya estas grande ijo. Bete como yo o kedate como tu amá. 

Como mi mamá, como la pintura que se encontraba frente a mí. Rojo y luego negro. Sangre y luego nada. Obscuridad, abismo, nada. A mamá la encontré yo. Venía de una cascarita en casa de Rich cuando la vi en la sala, sentada en el sillón de cuero negro con el respaldo hacia mí. Dos canales de sangre divergían de su nuca en lo alto del asiento y descendían por los costados para reencontrarse en un charco rojo vibrante debajo del sillón. Luego papá me encontró a mí, catatónico a los pies de mamá. Venía con mi tío. 

–Ora sí va a estar canijo– me dijo mi tío, después se volteó hacia mi papá. Le dijo que esto lo hacían como una advertencia y que el siguiente sería yo si no arreglaba sus problemas. Papá se volteó conmigo y me dijo –No te preocupes, mijo. Mientras yo esté contigo nada te va a pasar. ¿O no te he cuidado desde chiquito? 

On y va?– me preguntó Hélène antes de ver que estaba llorando. No le pude contestar, se hincó a mi lado y me empezó a sobar la espalda. Me pude ver desde fuera; concienciar lo ridículo que parecía jugar al bohemio afrancesado del otro lado del mundo. 

Arrêt! Ne me touche pas!– me quité su brazo de encima y no la volví a ver. Entonces veía las cosas con claridad, la verdad se revelaba entre las veladuras del rojo, en su intersección con el negro, en la profundidad del negro. Debía regresar a Coatzacoalcos y pintar otra escena como la de Rothko. Igual de violenta, igual de justa. Pero esta vez papá sería la tela y yo el pintor.

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