La madrija

Ilustración por Daniel Atilano Casillas

Texto por Pedro Salamanca Smith. Ilustración por Daniel Atilano Casillas

Dicen que la encontraron en el desagüe detrás del supermercado. Dicen que fui yo quien la encontró, que me separé de mi madre mientras pasaba el super de la semana por la caja registradora y fui directo a su encuentro. Dicen que cuando notaron mi ausencia, se pusieron a buscarme por todos lados y sin mucha suerte, hasta que por fin, mi hermano mayor escuchó risas detrás de los camiones de carga y nos vieron ahí, a la orilla del arroyo, a los dos. Según mi mamá, ella tenía el pelo salpicado de lodo, las uñas largas y sucias y que, parada en cuatro patas, sacaba carroña de las aguas negras y después de mordisquearla la acomodaba a mis pies, y entre sus graznidos yo reía.

Por supuesto no me acuerdo de nada de esto, ella apareció cuando yo tenía tres años y como todos, no tengo recuerdos de entonces. De hecho desde que tengo memoria ella siempre ha estado ahí. Pero tengo entendido que no fue así, que hubo una época paradisiaca entre el matrimonio de mis padres y el día que la encontramos en la que éramos una familia idílica de mamá, papá y sus cuatro varones.

Los otros adultos cercanos a mis padres culpaban a mi mamá por haber acabado con esto, por haber acogido a otro miembro a una familia que ya producía estrías. “Cómo le haces eso a tu esposo, con lo caro que sale cada escuincle,” reclamó una tía; “Híjole, María, qué no saben lo que son los anticonceptivos,” bromeó muy en serio un amigo de mis padres; mi abuelo paterno se limitó a calificarla de irresponsable. Mi madre trató de ignorarlos a todos, tenía en sus convicciones la creencia de que una familia grande no era más que el favor de Dios, que iba a sacarlo a encargarse de que esta nueva criatura se parará en dos pies y fuera alguien de bien. Sin embargo, las voces solo vinieron a subrayar el desapego, la profunda decepción que sintió cuando vino a su vida una niña.

No se dejaba cargar, huía de quien fuera que lo intentara. Y cuando lograban pescarla, tenía una habilidad sobrenatural para retorcerse y deslizarse de los brazos de cualquier adulto. También odiaba que le dijeran que era linda, le gruñía a quien fuera que se lo dijera, en especial a mi madre, que intentaba sin logro alguno que sonriera, que se peinara a diario, que fuera más femenina. Dicen que era agresiva, que mordía a quien se acercaba. Pero conmigo nunca fue así, no me mostraba más que ternura.

Intentaban con furia constreñirla al modelo en el que mi mamá se había hecho un hueco hace tanto. Fueron incontables los vestidos desgarrados, las zapatillas rotas, los moños deshilachados que dejó atrás su forcejeo. Mamá no dejó de insistir, y la naturaleza de mi hermana tampoco. Lanzaba un contraataque a garras y a gritos. Gritos que petrificaban a mamá, que la dejaban inmóvil mirando la boca. Tras las fauces y la lengua roja, en lo más profundo de la garganta, algo atrapaba su mirada. Veía un vacío que la miraba de vuelta, que le regresaba su propia imagen. En los gritos escuchaba el mismo eco que reverberaba en sus entrañas. Entonces le cerraba la boca a cachetadas y suspendía la hipnosis de golpe. Regresaba en sí con el pregón de “Qué complicadas son las mujeres. Hubiera tenido puros hombres.”

Verán, mamá no soportaba su reflejo, el sonido de su propia naturaleza, con esfuerzos disimulados la escondía. Vestía con vestidos holgados y faldas largas que apenas abrazaban su cuerpo, usaba solo prendas negras que borraban toda curva de su cuerpo, todo rasgo femenino. Tenía un solo par de tacones que se elevaban dos centímetros del suelo, el resto eran zapatos planos y cerrados. Mamá vestía como un soldado que cumple con el uniforme sin mayor pretensión. Nunca un escote, jamás algo brilloso.

Por eso no vino como sorpresa su horror cuando descubrió que la pequeña se masturbaba, que ese baile que hacía sentada sobre sus pies, con la pompa recargada en los talones tenía como fin último el placer, el peor de los pecados. Nunca entendí qué tenía de malo. El placer era entonces algo terrible, algo vergonzoso que no podía ser experimentado por las mujeres. Porque nunca le dijo nada a Francisco cuando descubrió la revista Playboy que escondía debajo de su cama. Ni levantó la voz cuando lavaba los calcetines de Santiago. Pero cuando mi hermana lo hacía, mamá se persignaba tres veces y murmuraba oraciones a una velocidad obsesiva que yo no entendía. Luego la envió a terapia. Le pidió a la psiquiatra que curara a su niña, que la exorcizara de sus demonios.

Después de terapia algo cambió. Le dejaron pastillas que calmaban los pleitos. Dejó de resistir como antes a mamá, cedió a su régimen de listones y encajes. Luego se convenció que le gustaban los hombres y mamá creyó que lo había logrado, que había domado a la bestia. Pero los problemas volvieron. Agarró un gusto especial por la lentejuela, por las sombras azules. “¿Cómo puedes salir así? Pareces bataclana, ningún hombre te va a respetar si tú no lo haces,” se convirtió en el nuevo pregón de mi madre. Una vez, mientras se aplicaba labial y le pedí a escondidas que me compartiera, me confesó que hacía meses que había dejado las pastillas. Que se había opuesto a ser mujer por creer que era algo que mamá quería, pero se dio cuenta que no era así, que a mamá le aterrorizaba.

Tenía entendido que quedarse hasta tarde en casa de tu novio era una práctica común; Santiago, por lo menos, siempre lo había hecho. Salía un jueves y lo veíamos llegar hasta el siguiente lunes con el pelo seboso y un olor a sope caliente. Una noche mi hermana no llegó a la casa. Partió un viernes para regresar al día siguiente con el mismo atuendo y, aunque insistía que se quedó a dormir a casa de una amiga, que esperó ahí toda la noche hasta que volviera a abrir el metro, mamá la recibió con una enorme decepción y una correa que duraría meses. Con una jaula de chantaje y ofensas intentaba retenerla en casa, pero lo único que logró fue que sus colmillos se afilaran, sus garras crecieran más filosas y con la fuerza de una combustión interna resultó en lo contrario. Ahora salía un viernes y no la veíamos hasta el siguiente viernes con el delineador corrido y sin zapatos. O salía un martes y no sabíamos nada de ella hasta el mes siguiente. Tal vez eso sucede con las personas así de libres. Nada genera mejores revolucionarios como un régimen autoritario, nadie da luz a anticristos como los padres católicos. Nadie hubiera hecho a mi hermana tan ella como mi madre. Y es que mi hermana era tan ella, tan desmesuradamente ella que cualquier cadena la volvía en combustible, cualquier jaula en rampa de vuelo.

Eventualmente salimos los hermanos de la casa. Luis estudió medicina y, después de ser disuadido por mi madre en convertirse en ginecólogo, se especializó como pediatra. Francisco se tituló como abogado de la Escuela Libre de Derecho y, con la ayuda de mis padres, consiguió un trabajo como abogado corporativo para una tienda departamental. Santiago terminó su licenciatura en negocios y un año después le ofreció el anillo de mi bisabuela a su novia de secundaria. Mis padres le organizaron una boda de seiscientas personas. Mi hermana compró un esmoquin de terciopelo azul que usó con nada debajo más que un brassiere de encaje rojo, hizo su entrada triunfal a la iglesia. El rostro de mamá se tornó rojo del coraje y después de llorar buena parte de la ceremonia, la tomó del brazo y entre dientes le dijo al oído que no la quería en las fotos.

Esa noche, entre las luces del sonidero, mi hermana me sentó en una mesa vacía y se despidió. “Vas a escribir de mí. Quieren borrarme de las fotos, que pasen los años y no me vean. Quieren tener nietos y sobrinos que a su vez tengan nietos y sobrinos y que ninguno me recuerdo hasta negar que alguna vez existí. Serían felices de desterrarme del recuerdo familiar, pero tú vas a escribir de mí.”

Entonces no entendí a qué se refería. Creía que era la perorata del alcohol y la euforia colectiva de la boda la que hablaba. Me tardó años comprender que mi hermana entendía que la liberación de su feminidad era insistir en ella. Nos llamaron a la foto con los novios. Entre risas se despidió, me dio un beso prolongado en la mejilla. Luego vació el resto de la cuba de un solo trago y se dirigió a la salida.

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