Possibilité

Mariana Tarragó, Pintura acrílica 2019

Cuento por Gabriela García Landa, pintura por Mariana Tarragó.

Todos hablaban de él. Llevaba siglos siendo una leyenda y algunas de las personas más exitosas y felices de la historia atribuían sus méritos –en gran medida– a la claridad que les había otorgado su encuentro con Lilith, el gran manzano. Los viejos relataban que solo dar una mordida a uno de sus frutos era suficiente para saber qué era lo que uno realmente quería en la vida y el camino para conseguirlo. Los jóvenes, escépticos, se negaban a creer en la existencia de la magia del manzano, pero durante la noche eran invadidos por sus sueños y se lo topaban dormidos. Los niños frecuentemente organizaban excursiones para encontrarlo saliendo del colegio y regresaban a sus casas por la noche, vencidos y sin éxito pero con mil y una anécdotas de sus aventuras por el bosque. 

Además de los ricos y famosos, los únicos que juraban haber visto al árbol mágico eran los perturbados incurables que habitaban el asilo. Muchos culpaban a los frutos de su locura y alguna vez escaparon con la intención de quemarlo y salvar a la humanidad de la demencia. Tampoco tuvieron éxito. Las enfermeras los encontraron vagando por la calle a muchos kilómetros del bosque. Fue todo un escándalo. Las notas de los periódicos trataban a la noticia con ironía: se burlaban de la misión, de los misioneros, de las enfermeras -incapaces de vigilar a los viejos y lunáticos- y de la supuesta existencia de un manzano mágico. ‘Este pueblo no se cansa de escuchar el mismo cuento’ dijo mi padre en el desayuno. No contesté. ‘¡No me digas que tú también crees  en barbaridades como ésta!’ exclamó alterado mientras colocaba el periódico sobre la mesa y me miraba por arriba de sus anteojos. Mentí. ‘Claro que no papá’. Pero si que creía. 

Creía que si le daba una mordida a uno de los frutos de Lilith yo también me volvería loca, porque quería todo en esta vida y al quererlo todo, el camino que a veces parecía más apetitoso era el de una muerte cómoda. Sin más. Sin complicaciones, ni perdidas, ni confusión, ni incertidumbre. El descanso húmedo y eterno me parecía un concepto grato, un contrato justo ante la angustia de lidiar con todas las posibilidades de la existencia. 

Le di varias vueltas al asunto. Pensé en todas las respuestas ante el cuestionamiento de un final feliz. Todas parecían buenas. Todas parecían inalcanzables. Demasiado buenas e inalcanzables para mí. Así que tomé una decisión. Buscaría al árbol y lo encontraría. Llevaría una soga conmigo, por sí resultaba que el manzano me indicaba que mi anhelo más profundo era morir. Si deseaba acabarlo todo o me volvía loca, me mataría ahí mismo. Me colgaría de una de las ramas para que al encontrarme, el árbol fuera quemado como lo habían deseado muchas de sus víctimas. Lo haría durante la noche siguiente, mientras el mundo dormía y despertaba la magia. 

El tiempo previo a mi hazaña transcurrió con normalidad. Nada me otorgó una respuesta que menguara la necesidad de mi búsqueda. Regresando de clases le dije a mi padre que necesitaría una soga para un proyecto escolar que estudiaba las leyes físicas de la tensión. ‘Ah, Newton. Tengo una soga en el garaje, espera un momento cariño’. Unos minutos después mi padre me proporcionó, sin saberlo, lo necesario para acabar con mi vida. Con la cuerda a mi alcance no había nada que me detuviera. Empaque un cuaderno y una pluma, una linterna, mi arma letal y emprendí mi recorrido después de que mi madre me dio un beso de buenas noches.  

No se qué era lo que esperaba, pero todo en mi noche fue aterrador. Veía ojos juzgándome en las ramas de los árboles, escuchaba ruidos que imaginaba producto de posibles malhechores que me robarían de la existencia antes de saber si eso era realmente lo que quería. Caminé con lentitud, paralizada por el miedo y en ocaciones corrí aterrada por el chillido o el caminar de alguna criatura salvaje. Invadida por el pánico, me olvide de mi misión. Lo único que quería era sobrevivir a aquella pesadilla. 

Cuando, sin darme cuenta, mi deseo de confirmar mi muerte se transformó en un deseo por amanecer con vida, encontré a Lilith. Era más hermoso de lo que imaginé. Parecía brillar en la oscuridad  y sus frutos me hablaban, me seducían, me pedían que los tomara,  que me conociera. 

Hipnotizada por la grandeza del manzano tomé el primer fruto a mi alcance. Era muy bello. Dejé la mochila en el suelo y me senté a saborearlo. El viaje me pareció eterno y mi respuesta fue ambigua. Efectivamente lo quería todo y no quería morir, por lo menos no en ese instante. Quería crecer y viajar y convertirme en una gran artista, o exploradora, incluso en una mente brillante que descubriera las siguientes leyes de la física, o química. Tal vez quería ser madre, o activista, o santa. Quería ser karateca o bruja. O todo a la vez. Quería ser ladrona y justiciera y clavadista profesional y música. Quería primero aprender a tocar un instrumento y a cantar y a nadar y a bailar y superar mi miedo a las alturas. Lo quería todo y definitivamente no quería morir, ni que el anhelo de hacer todo y el miedo de no lograr nada me volvieran loca. Quería anunciarle al mundo que Lilith si existía y que no siempre daba solo una respuesta, que comer sus frutos no te haría rico, ni famoso, solo despertaría el deseo de serlo, de vivir, de levantarte al día siguiente y aprovechar las posibilidades, la angustia, todo.

No recuerdo cómo, pero bajo el efecto del gran árbol regresé a mi cama. En mi mesa de noche se encontraba el corazón de una manzana. Mi nueva vida había empezado. Sembré las semillas de la fruta en mi jardín junto con la soga. Empaqué mis cosas y con ojos enamorados me fui a clases. 

Categories:

One thought on “Possibilité

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.