Marzo 3

Texto por Alejandro Toussaint, ilustrado por Gabriela García Landa.

–Mamá se mató–

Y yo ya escuchando todo como un eco lejano, como si de alguna manera lo hubiera sabido desde siempre y solamente hasta ese instante en que la noche se hace más noche, yo hubiera empezado a dejar salir la tristeza, largamente sostenida en el cuerpo, en el aliento, en las falsas ilusiones, pensando que todo estaría bien, que nada de

–Mamá se mató–

que nada más de enfermedades, de hospitales, nada más de uñas arrancadas por los nervios, nada más de encierros y de obscuridades, nada más de súplicas sin objetivos, ni de llantos y angustias prolongadas, pensando que habría salido a tomar un café, a mirar las estrellas, a curar el universo que cada vez encontraba más enfermo. En cambio

–Mamá se mató–

como si tuvieran que repetirme la frase un millón de veces antes de caer sin fuerzas en el sillón, como si hubiera alguna pequeña posibilidad más de pasado o de futuro que no estuviera relacionada con una cuerda tensa, péndulo abyecto, incapaz de cualquier tipo de radiestesia u otras adivinaciones más allá del estúpido y evidente

–Mamá se mató–

Qué clase de respuestas son esas. Mejor sería regresar los años, aunque ya no haya palabras, regresar a la infancia, aunque ya no haya abrazos, regresar a la inexistencia, aunque ya no sea posible borrar el dolor en ninguno de los planos. Y luego tomar acciones, regresar a la vida, al camino, con la vista nublada ya para siempre, rendir declaraciones, ser sospechoso, despedirse sin haber podido decir adiós. Tan sencillo como decir

–Mamá se mató–

y no tener más que un silencio sempiterno para responder, y no tener más que un latido desacelerándose, y una ansiedad en cada paso, y cientos de tristezas para los días venideros, y un agarrarse a la tragedia que ya ni la música, ni la vida, ni nada.

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