Monstruosidades

Cuento de Gabriela García Landa, ilustrado por Maika Vera Martínez

Recuerdo las noches de brujas de mi infancia. Mi hermano siempre se disfrazaba de diablo y el resto del año le rezaba a las imágenes de santos que coleccionaba como calcomanías. Carlitos tenía un disfraz de calavera. Cada Halloween se paseaba orgulloso por los pasillos aterrando a los niños del grado menor, pero en la intimidad de su casa lloraba cuando sus hermanos y primos exclamábamos con tono fantasmal, ahí vieeene la calaaaca, al unísono. Siempre me gustó el 31 de octubre, pero nunca se me ocurría de que disfrazarme. Llegué a vestirme de princesa, a pesar de que jugaba futbol a diario y no era dueña ni de una sola Barbie. Mi madre era fanática de los disfraces y se perturbaba ante mi falta de creatividad. Ay Rebeca, de verdad, te la pasas viendo esas películas horribles y hablando de monstruosidades, pero cuando toca asustar entonces quieres ponerte un vestido. Yo me limitaba a levantar los hombros. No era por llevar la contra, no me parecía que los fantasmas o las brujas fueran motivo de terror. Tampoco es que yo fuera más valiente que Carlitos, o menos temerosa. Simplemente por mí jamás iba a venir la calaca. Por mí vendrían monstruos mucho peores y lo intuía desde niña. Mi hermano ya no le reza a sus santos. Él solo podría enfrentarse a mil demonios. Carlitos se volvió un rebelde sin causa: activista, surfista, viajero. Me cuesta imaginar qué aún tenga miedo a los esqueletos o qué piense con frecuencia en la muerte. Yo en cambio no seguí jugando futbol, ni viendo pelis de miedo. La vida ahora me causa pavor porque siempre me ha acosado la soledad, el fracaso y el tiempo. A mí me acosa mi reflejo y no puedo escapar

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