Como cadenas

Por Jano Bruno, Ilustrado por Marianna Castte

Aunque era el camino que habían recorrido juntos miles de veces, ahora parecía interminable, ajeno, sin sentido. Paula apenas y podía ver la carretera, la fuerte lluvia y lo empañado de los vidrios le impedían orientarse y Jonathan no reaccionaba para ayudarla.


–¿Dónde está la pinche salida a Texcoco?– gritó desesperada mientras golpeaba el volante del Chevy.
Los señalamientos de «precaución» anunciaban su llegada a la infame curva de los muertos. Aún así, la improvisada conductora sintió algo de alivio.
–Aguanta, amor. Ya estamos a unos minutos.
Aunque por fuera Paula quería mantenerse estoica, por dentro estaba hirviendo de coraje.
–¡Cabrón, te dije que no fuéramos a la fiesta de San Pedro! Te dije que Julián iba a estar ahí, borracho, igual que tú, y acompañado de sus primos. Esos pinches narcos de Tlaxcala nada más vienen a ver a quién joden.

Un señalamiento viejo y oxidado les daba un poco de esperanza: Texcoco 10 km. Paula trataba de convencerse de que lo podían lograr, aunque ya ni siquiera quería voltear a ver a Jonathan, temiendo lo peor.


–¡Me lleva la chingada!– el volante volvió a recibir las muestras de impotencia de Paula después de que, al limpiar , distinguió una luz por el retrovisor: era la camioneta de Julián.
–¡Pinche Julián ardido, celoso, hijo de puta, mal perdedor…!– Paula recordó el tiempo en que salió con su ahora cazador. –Maldito el momento en que se me ocurrió andar con ese pinche golpeador borracho… –se reclamó.

El Chevy daba todo de sí, Jonathan ahora tenía la camisa llena de sangre, y la luz persecutora se acercaba cada vez más.
–Mi amor, no me vayas a dejar. No ahora. No así…
Jonathan comenzó a balbucear algo. Esto llenó los ojos de Paula de lágrimas, pero no se podía permitir llorar en este momento, si no lograba llegar a la caseta federal en la entrada de Texcoco, era posible que no vieran el siguiente día.


–Sí, Jona, sígueme hablando, mi amor. Después de esto nos largamos de ese pinche pueblo. Te lo juro. Unidos toda la vida, como dice nuestra canción.
Las luces de las patrullas, que hacían base en la caseta, destellaban a lo lejos, Paula se sintió a salvo y comenzó a buscar la mano de Jonathan -¡Ya la hicimos amor! Eres el más ching… –Paula no pudo terminar la frase.

La tormenta que aquella noche azotó la carretera Calpulalpan-Texcoco provocó el deslave de cerros, algunos ríos desbordados, y pánico en un grupo de animales de una granja cercana al camino. Una de las vacas de esa granja, pavorida después del estruendo causado por un rayo, corrió por encima de un endeble cercado de alambre de púas hasta llegar a la carretera, justo en el momento en que el auto en que huían Paula y Jonathan pasaba por ahí. El viejo coche impactó con el animal para después salir del camino y dar un par de volteretas sobre el declive al lado del camino.


Con la primera luz del sol llegaron al lugar ambulancias y patrullas, los trabajos para abrir el auto y sacar a Paula llevaron horas. El cuerpo de Jonathan fue localizado a diez metros del auto.
Mientras los rescatistas la subían a una ambulancia, Paula, al límite de la inconsciencia, apenas y pudo balbucear: Así como nuestra canción, mi amor… unidos como cadenas… unidos toda la vida… eslabón por eslabón.

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